Este sucinto documento pretende poner de relieve varios aspectos (otros muchos por falta de espacio no se pondrán de relieve) que caracterizan a las joyas populares. Como bien se sabe, el adorno es algo que caracteriza a la especie humana desde tiempos remotísimos en todo el mundo conocido y no importa en qué cultura. Solo hay que echar una mirada, para corroborar lo dicho, a los hallazgos arqueológicos, la documentación histórica, la pintura, los medio visuales (analógicos y digitales), para darnos cuenta de esta realidad generalizada que es el adorno. En él, por supuesto, incluimos las diferentes manifestaciones de la joyería.

Cuando hablamos de joyería popular, nos referimos a las diversas formas de adornarse que los diferentes pueblos tienen y han tenido. En el caso de nuestro país son los adornos usados, casi nos atreveríamos a decir, en los últimos quinientos años y, evidentemente, aquellos que han llegado hasta nuestros días o que han quedado representados en las diferentes artes visuales (y descritos en los textos), expuestas en los múltiples museos del Estado. En la actualidad solo son visibles en la vida de nuestros pueblos en momentos muy especiales (fiestas, bodas…) como adorno a sus trajes tradicionales.

La mayor cantidad de joyas populares que podemos contemplar en la actualidad se pueden fechar desde el siglo XVI hasta los ejemplares más recientes hechos en la actualidad. Son ejemplares procedentes de la zona oeste y noroeste de nuestro país, con piezas magníficas procedentes de Salamanca, León, Zamora y las provincias extremeñas, lo que no significa que en diversos museos se puedan contemplar joyas de otra procedencia.

Era común en la España rural que las mujeres recibieran como regalo (especialmente como dote matrimonial) un determinado número de joyas que a lo largo de su vida, dependiendo de la bonanza de su economía, se iría incrementando y que eran estimadas, al margen de su valor estético y sentimental, como una inversión por si en el futuro una necesidad, una mala situación económica, exigía un dinero rápido que, lógicamente, saldría de esa “caja de ahorros” que eran las joyas. Existe un importante número de documentos en los que se tasan estos ajuares y que indican a las claras lo que estamos apuntando.

De modo muy general, podemos decir que los ejemplares de esta joyería tradicional popular muestran un alto grado de cualidades estéticas y mucha pericia artesana en su confección. Además, en ellos se puede observar un gran número de características propias como son los afiligranados, tanto en oro como en plata, que encontramos formando parte de collares, pendientes, broches y otros adornos aplicados al traje. Mención especial merece la abundante pedrería que esta artesanía popular usa para su adorno, desde collares, pasando por pendientes, hasta llegar a apliques en diversos componentes del traje o de complementos. Pedrería en la que ocupa un importante lugar el coral, el vidrio de todo tipo, los azabaches, las ágatas…

Para concluir esta primera parte convendría aclarar que aunque incluimos el azabache entre las piedras, hemos de decir que es de origen orgánico por muy petrificado que nos parezca, por lo que no es propiamente dicho un mineral.

® Américo López